LA CRUELDAD DEL FÚTBOL Y LA MEMÓRIA.
Contemplo como mero espectador las próximas elecciones del Real Madrid (no niego cierta envidia sana) y no puedo evitar reflexionar sobre dos constantes del fútbol moderno: la escasa memoria de muchos y la hipocresía interesada de unos pocos.
Preguntarse hoy si un madridista debe votar a Florentino Pérez o a un hipotético rival resulta, salvando las distancias, muy parecido a preguntarse si un sevillista debía elegir entre José María del Nido Benavente y quienes le sucedieron. La respuesta parece sencilla cuando se analiza la gestión, los resultados y la transformación institucional. Sin embargo, en el fútbol rara vez se debate sobre hechos; con demasiada frecuencia se discute sobre simpatías, filias personales, rumores y campañas de desgaste.
Florentino Pérez ha cometido muchos errores, como cualquier dirigente que lleva décadas al frente de una institución. Pero también ha convertido al Real Madrid en el club más valioso del mundo, ha impulsado una modernización sin precedentes, ha construido un estadio que es referencia internacional y ha mantenido al club compitiendo al máximo nivel frente a entidades respaldadas por recursos prácticamente ilimitados. Todo ello son hechos.
En Sevilla conocemos bien este fenómeno. Hablar de José María del Nido Benavente es hablar del presidente que diseñó y ejecutó la etapa más exitosa de la historia del Sevilla FC. No es una opinión; es una realidad respaldada por los títulos, el crecimiento patrimonial, la consolidación europea y la transformación completa de la entidad.
Sin embargo, tanto Del Nido como Florentino compartieron un pecado imperdonable para determinados sectores: reducir la dependencia de los grandes medios de comunicación y apostar por canales propios. Mientras llegaron los éxitos, muchos guardaron silencio. Cuando aparecieron las dificultades, comenzaron los ajustes de cuentas.
Durante años se ha blanqueado una gestión deportiva y económica cada vez más cuestionable en el Sevilla FC. Se ha minimizado la importancia de los medios oficiales del club mientras la información y el relato pasaban progresivamente a manos de terceros. Paralelamente, una parte de la afición aceptó resignadamente una decadencia que hoy resulta evidente, mientras descansaba sus posaderas en asientos numerados.
Y es precisamente ahora cuando algunos se permiten repartir carnés de sevillismo. Los mismos que contemplaron sin apenas oposición el deterioro institucional y deportivo pretenden erigirse en guardianes de la pureza sevillista. Los mismos que disfrutaron de las victorias sin creer nunca en el proyecto que las hizo posibles.
Existe un sevillismo moderno, ambicioso y competitivo que nació durante los años de crecimiento del club. Pero también existe otro sevillismo, más cómodo en la nostalgia que en la exigencia, más preocupado por conservar posiciones en tribuna que por conquistar nuevos horizontes. Un sevillismo que celebraba los éxitos mientras esperaba el primer tropiezo para reivindicar que cualquier tiempo pasado fue mejor, ensibismados en su mediocridad y sus endogamicos abonos.
Algo parecido sucede hoy en Madrid. Resulta sorprendente comprobar cómo algunos ponen en cuestión a quien ha situado al Real Madrid en la cima económica y deportiva del fútbol mundial, a quien ha sabido competir de tú a tú contra clubes-estado financiados por petrodólares y a quien ha mantenido al club como referencia internacional durante más de dos décadas.
¿Habrá madridistas que voten contra Florentino Pérez? Sin duda. Nosotros ya vivimos algo parecido. La historia demuestra que la memoria en el fútbol suele ser extraordinariamente corta y que los éxitos pasados pesan menos de lo que deberían cuando entran en juego las rivalidades personales, los intereses particulares o las campañas de desgaste.
Mientras tanto, muchos prefieren la comodidad de la crítica desde la distancia. Una protesta moderada, algún comentario indignado, un silbido puntual. Siempre lo suficientemente bajo como para no comprometerse demasiado. Que sean otros quienes den la batalla, mientras uno permanece cómodamente sentado en su localidad observando cómo el club se aleja de aquello que fue.
Ser sevillista es algo mucho más profundo que exhibir un abono, acumular fotografías en el estadio o proclamarse defensor de unas siglas. El sevillismo no consiste en ocupar un asiento; consiste en defender un proyecto, una ambición y una manera de entender el club.
Por eso, algunos prefieren quedarse con su localidad y con su conformismo. Yo prefiero quedarme con la ambición. Con la aspiración de seguir creciendo. Con la admiración hacia quienes construyen grandeza y con el rechazo hacia quienes adulteran la competición, ya sea mediante privilegios económicos o prácticas que nunca debieron tener cabida en el deporte.
El fútbol es cruel. Olvida rápido. Castiga a quienes más hicieron por sus clubes y, a menudo, premia la mediocridad disfrazada de prudencia.
Pero la historia tiene una virtud: siempre termina poniendo a cada uno en su lugar.
Y cuando llegue ese momento, volverán a abrirse las alamedas para que paseen los sevillistas libres y volverán a abrirse las puertas donde se celebran los títulos.
JOSE MARIA SOTO TROYA